CON LAS MANOS AL AIRE

Fotos y nota por: Lunámbula

Uno de los privilegios de la psique humana, es la atemporalidad, aquella capacidad a la que recurrimos para evocar recuerdos que habitan en el inconsciente y que al representarlos con imágenes, hacen un coctel de percepciones casi alucinógenas, en donde vuelves a experimentar ese fragmento placentero, como un toque gravitacional que toca directo en el corazón.

Los enamorados eternos de la música y sus maneras raras de hacerse presente, extrañamos con esa agudeza ansiedad el regresar a escenarios siendo espectadores, con un lente, con un celular, con los ojos desorbitados, con los empujones, el sudor, el calor, con los gritos de miles de desconocidos que están ahí con una sola intensión, sentir…

El rock para unos tantos, simboliza una sacudida, casi como un temblor, de esos que rebasa la habilidad para mantenerse de pie, te revuelca por una introversión oscura que saca a flote todos tus deseos, se convierte en un viento casi violento, taciturno, invasivo.

En un día del rock en donde no hay fechas disponibles, aunque si hay lugares en venta, en donde todo parece algo incierto y se vuelve lejano; pero en paralelo sigue existiendo la composición, en el sótano, en el transporte público, en medio de la lluvia, durante la siesta vespertina, con un acorde, con una nota, con un arpegio, con un riff, con la distancia y a la espera de volver a tener, las manos al aire, para por un instante saber que estamos vivos y que seguimos siendo infinitos.

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